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La palabra es lo que nos sujeta al mundo y permite que nos incluyamos en una cadena de significantes culturales más amplios que nosotros mismos. El rap, ese fenómeno de masas que muchos observan solo como una forma de diversión adolescente, transversaliza la identidad en construcción y permite expandir el horizonte de nuevos significados que las palabras van alumbrándole al que lo usa como medio de expresión.

 

Trap Versus Rap

 

Creo que la grieta de esta época, al menos en tono cultural y musical, se da entre los jóvenes que ven al rap como una posible forma de expresar aquello que de otro modo no podrían. Aquello que no tiene lugar sino entre los pares, aquello que es únicamente construcción creativa y lúdica que nos ofrece la sensación de estar presenciando un réquiem del pop y del trap, que no es otra cosa que la sombra del que se sirve el capitalismo para producir iconos populares que consuman aquello que el mercado dicte.

 

El trap es, en muchos sentidos, el intento comercial de acaparar el sentido social que sí tiene el rap pero que se ve parodiado, apenas si lo logra, por los artistas del autotune sostenidos por las grandes discográficas carentes de narrativas significantes.

 

Diría la psicoanalista Arminda Aberastury, que los adolescentes usan las palabras como juguete. Aunque eso no deje de ser cierto para la naturaleza misma del tiempo en que se abandonan las seguridades de la infancia y se inicia un pasaje hacia la sexualidad exogámica que además confronta al adolescente con una nueva forma de entender el mundo y de experimentarlo con una lógica de razonamientos deductivos, la palabra se va a insertar en un campo identificatorio clave que media entre quien soy, quien seré y quien soy para mis pares.

 

La identidad se juega en el plano de las posibilidades que abre el campo discursivo por el que somos hablados o por el cual vamos gestando la independencia personal con respecto a otros discursos que el adolescente empieza a ver como caducos.

 

Adicciones

 

No es de sorprenderse que las a-dicciones sean un tema recurrente cuando se piensa en la adolescencia y sus posibles encuentros con los peligros del mundo. Un a-dicto es, etimológicamente, alguien quien no puede, no tiene, no sabe, carece de… la palabra.

De ahí su gravedad. Alguien que no puede, no sabe, no tiene y no conoce el valor de su propia palabra, es capaz de cualquier cosa… en los actos. Pues la palabra media, irrumpe entre la causa y la consecuencia, crea sentidos y abre posibilidades valorativas.

 

No hay nada más peligroso para un adolescente que un sinsentido identitario que además es acompañado del silencio. Por eso el rap y el trap. Uno expresa la voz propia y otro expresa el discurso del Otro que representa aquello que espero. Y en ese sentido el trap es “producción juguete”, es una manufactura que no soporta lo singular en tanto producción absolutamente personal, como si lo hace el rap.

 

Ser Violenciado

 

Además, otro mérito que tiene sin duda alguna el rap por sobre el trap, es que le permite a los adolescentes concretizar el dolor que no siempre se expresa como en ese caso, creativamente.

 

Muchos adolescentes, especialmente de sectores sociales marginados hallan en el rap una forma de contarle a los otros y al Otro, aquello que les divierte, que los angustia, aquello que les da sentido, que les permite entender el odio, el amor, la realidad de sus vidas.

La alternativa a eso es lo que llamo el ser violenciado.

 

Ser violenciado no es ser simplemente callado, es ser sometido sistemáticamente a las estructuras de coerción social, del discurso pedagógico-judicial de las adolescencias en sentido amplio, estigmatizando y limitando cualquier posibilidad de existencia alterna que no sea por las formas que adquiere la violencia en zonas marginadas: drogas, promiscuidad, frivolidad, robos, tráfico, suicidio y homicidios.

 

La palabra anuda al sujeto a su cultura y media entre significantes personales que se construyen en relación con el lugar donde vivimos. ¿Acaso es posible pensar que la violencia no tiene ninguna relación con la palabra silenciada?

 

En esa fugacidad estructural que permite lo endeble de la marginalidad, los adolescentes “del margen” encuentran nuevos sentidos que expresan de forma creativa y que es por lejos la mayor ventaja con respecto al discurso exitista de los grandes conglomerados o de los barrios de las zonas más ricas de cualquier ciudad, donde los que pecan no lo hacen solo de edad o de trap.

 

Las formas de la violencia hacia la adolescencia y en sentido inverso, no son sino la forma en la que las sociedades consideran de ese periodo de la vida. Del miedo que los adultos reviven frente a sus propios éxitos y fracasos, de los sueños posibles y del mundo como inestimable, pero al que se ha renunciado hace mucho.

 

El rap es solo un recuerdo audible de lo que los adolescentes tienen para decirle y se lo cantan en la cara a los creadores de lo impositivo. No es una estructura, no es controlable, es improvisado, es valiente y desafiante. ¿Acaso creen que se puede contener las formas del potencial humano cuando están en su punto más alto?

 

El discurso del amo dirá que sí y creará algo llamado trap para hacerlo. El consuelo de esta época es que hace apenas dos generaciones atrás los adolescentes argentinos aprendieron que el yugo de la violencia iba en sentido de todo el espectro humano creativo cuando ni siquiera podían escuchar canciones de Mercedes Sosa o de Spinetta, y de allí extrajimos nuevos sentidos culturales de lo que significa vivir la autoridad, la violencia, el silencio y el poder performativo de la palabra.

 

La complejidad del anudamiento de la creatividad que se da entre la violencia y el silencio social tiene formas complejas en nuestras ciudades y en nuestros barrios, en parte porque los desafíos de la democracia siguen siendo un desafío para todos, no solo para los adolescentes a los que se le da poder de voto, pero se los limita cuando quieren buscar su primer trabajo o si desean acceder a una educación pública de calidad.

 

La crisis social, la falta de oportunidades, las nuevas formas de violencia y la amenaza interna de una identidad incierta, no tranquilizan el modo de ser joven en nuestras sociedades, aunque el rap y el trap ofrezcan algún consuelo más o menos posible con respecto a este mundo que desafía constantemente las certezas y permiten a los adolescentes repensar quienes son para los otros y de qué modo quieren serlo.

 

La construcción de una sociedad distinta se da en batallas diarias que suceden a simple vista y que aparecen como frívolas al observador incauto. El discurso del amo y del esclavo siguen siendo teatralizados en pequeñas batallas de gallos que luego van a internalizarse como dependencia o potencia. Hay allí un recuerdo de ágoras, rapsodas y sofistas que las sociedades democráticas deben volver a valorar para crear sus nuevas narrativas sociales.

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