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La crianza responsable y la parentalidad saludable son desafíos cada vez más intensos tanto para madres como para madres que se encuentran desorientados y muchas veces contrariados con respecto a lo que quieren para sus hijos, lo que ellos perciben y lo que la sociedad les demanda.

 

Criar hijos sanos es responsabilidad de todas las figuras de apego que tengan los niños a su alrededor, pero los padres son aquellos que van a generar los vínculos más profundos en esos niños que necesitan seguridad, respeto y confianza para poder desarrollarse en un contexto sano.

 

No existen garantías emocionales cuando se trata de crianza, aunque es importante reconocer que las ventajas de una crianza que prioriza el vinculo entre las personas, el respeto por el deseo de cada uno, los límites claros y la circulación de una comunicación constante que permita poner en palabras los malestares, es una buena forma de acercarnos a lo que queremos para esos niños.

 

¿Qué es el chupete electrónico y qué consecuencias tiene?

 

El chupete electrónico es un término útil para designar el abandono o la negligencia en la crianza que realizan muchos padres al entregarles a sus hijos smartphones o tablets para que jueguen y “no molesten”. En realidad, lo que están haciendo es tratar a sus hijos como objetos que no sienten ni piensan, olvidando que su función como padres es priorizar un vinculo cercano que es crucial durante la primera infancia y que va a tener grandes consecuencias en el futuro de sus hijos.

 

Un niño que es criado bajo este régimen de chupetes tecnológicos va a crecer teniendo como niñera un elemento inerte que lo entretiene pero que no le ha enseñado como vincularse con otros humanos, que capta su mirada pero que no le devuelve un rostro, que lo premia o castiga (si se trata de un juego) pero no lo acompaña en la canalización de la frustración o de las alegrías.

 

La experiencia del chupete electrónico es una experiencia en todo sentido, solitaria. De una soledad silenciosa, además. De un construir emocional vacío que no permite gestionar adecuadamente las emociones y genera sentimientos duraderos basados en experiencias frustrantes que se van instalando en un plano psíquico moldeando un tipo de aprendizaje vincular muchas veces en cortocircuito con las experiencias de otros niños, de otras formas de ser en el mundo con las mismas sensaciones.

 

La adolescencia y las consecuencias de abstraerse de las emociones con las tecnologías

 

Llegados a la adolescencia, aquellos niños que no tuvieron experiencias elaboradas junto a otros (padres, hermanos, abuelos, amigos, etc.) van a sentipensar al mundo como un tsunami de frustraciones inconcebibles que van a empezar a aislarlo aún más de aquello que piensan y sienten provocándoles confusiones salvables solo con violencia, más silencio o conductas de riesgo.

 

El uso de las redes sociales, los videojuegos y dispositivos tecnológicos como tablets y celulares se va a tornar en nuevos modos de reeditar aquello que conoce como opciones de apego y en ocasiones de adicción, pues la tendencia al ensimismamiento es mayor cuando un niño siempre tuvo un dispositivo tecnológico para escapar de los malestares y, por ende, aquello fue aprendido inconscientemente de tal forma.

 

Adultos sanos en una sociedad de consumo

 

Para muchos adultos el desafío es, primero, revisar sus propias historias de aprendizaje y de crianza que han marcado una forma de vincularse con los otros, pero también, una vez realizado lo anterior, el paso posterior consiste en empezar a deconstruir las formas de vincularnos con otros seres humanos y darle el lugar correcto a las tecnologías y a los tiempos que les dedicamos a ellas por sobre otras responsabilidades de la vida, por ejemplo, la crianza de un hijo.

 

Un adulto que no puede pensar su propia infancia además de las culpas que le deposita a la tecnología como causa de todo lo malo del mundo, es un adulto que en realidad no puede o tal vez no quiere, hacerse cargo de la parte que le toca como constructor de una sociedad en la que sus hijos van a tener que convivir a pesar de lo que ellos quieran o de la responsabilidad de las culpas. Es decir, hay padres que dicen que esta sociedad no cambia más porque la tecnología es la que hace a esta generación peor. Me permito discrepar con aquellas opiniones que no parten de sí mismos y de sus decisiones de crianza.

 

Los adultos sanos reconocer el lugar de la palabra como formadora de la personalidad de otro adulto sano. Saben que la comunicación es clave en una sociedad donde pareciera que la más mínima muestra de discrepancia altera hasta la violencia al otro.

Los padres que crían hijos sanos entienden que su familia es la clave, que es allí donde se juegan responsabilidades y no culpas sociales.

 

Pasar de un modo de vida negligente con respecto a las funciones emocionales de cada figura de apego, ya sea hombre o mujer, es la esencia del respeto a las leyes y a la convivencia que van a tener los hijos adolescentes y los ciudadanos de una misma población.

 

Las experiencias emocionalmente compartidas entre padres e hijos y que tengan un valor más significativo por sobre los bienes materiales y los dispositivos electrónicos siempre van a ser mejores para las familias, más allá de sus configuraciones, si son padres solteros, parejas ensambladas o padres del mismo sexo.

 

El diálogo es circunstancia posibilitadora de la autoestima social y personal, y es ahí donde cada padre debe empezar a entender las consecuencias de evitarlo cuando dan un chupete tecnológico.

 

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